Historia
Diez cosas que deberíamos haber aprendido desde el 11 de septiembre de 2001
Veinticinco años después, el pastor Kent Keller presenta el artículo completo de Jim Tonkowich sobre lo que los atentados del 11 de septiembre debieron enseñarle a la iglesia.
No podemos hacernos de la vista gorda ante el islam, la evangelización, el heroísmo y nuestro llamado cristiano.
Este artículo, escrito un año después de los ataques que cambiaron nuestro mundo para siempre, y editado por mí para acortarlo, todavía contiene percepciones muy valiosas. Puede que no estés de acuerdo con todo lo que dice este autor, pero creo que encontrarás útil su presentación en general. Lo presento aquí para tu edificación e ilustración – Pastor Kent Keller
El 11 de septiembre de 2001 es una de esas fechas que marcan el final de una era y el comienzo de otra. Nuestra cultura ha cambiado. Diez es, hay que admitirlo, un número arbitrario. Piensa en estas diez cosas como un punto de partida al considerar las consecuencias de los sucesos que cambiaron al mundo aquella mañana de septiembre.
Vivimos en un mundo muy peligroso.
El 11 de septiembre de 2001, los estadounidenses aprendieron lo que la mayoría del mundo ya sabía: el mundo es un lugar muy peligroso. Estados Unidos había sido, hasta entonces, territorio seguro. Dos amplios océanos nos protegen, y es poco probable que nuestros vecinos del norte y del sur nos invadan.
La globalización ha hecho que la comunicación y los viajes internacionales sean parte de la vida cotidiana. La globalización también ha creado toda una categoría de lo que Thomas Friedman llama “hombres iracundos superempoderados”, quienes, gracias a la comunicación y los viajes globales, tienen fácil acceso a nuestro país. Los atentados terroristas del 11 de septiembre constituyeron actos de guerra exitosos, perpetrados en dos de nuestras ciudades más importantes usando nuestros propios aviones comerciales. La violencia de “allá lejos” entró por la puerta principal.
Precisamente porque este es un mundo muy peligroso, y porque la globalización hace vulnerable a Estados Unidos ante esos hombres iracundos superempoderados, debemos prestarle atención al mundo. Los estadounidenses ya no pueden darse el lujo de ignorar o desentenderse de lo que sucede más allá de nuestras fronteras. Nuestras vidas dependen de que prestemos atención a este mundo tan peligroso.
El “choque de civilizaciones” es una realidad de la vida.
Existe la suposición ingenua y peligrosa de que los demás son iguales a nosotros. Esa suposición es errónea. La cultura de Occidente, aunque ya no es cristiana, brota de la civilización cristiana de Europa y todavía conserva ciertos valores de esa civilización. La cultura del mundo musulmán es radicalmente distinta y, de hecho, se opone a la cultura de inspiración cristiana de Occidente. Los musulmanes dan por sentado este choque de civilizaciones; nosotros, en Occidente, no.
Por ejemplo, en Occidente damos por sentada la libertad religiosa y política. El núcleo de la civilización islámica no lo hace. La palabra misma «islam» significa sumisión. El islam es sumisión a Alá y a la ley de Alá tal como fue revelada a través de «el profeta» Mahoma. Aunque los eruditos musulmanes discrepan en ciertos detalles, el islam se fundamenta en la idea de que Dios tiene una voluntad inmutable expresada en leyes que gobiernan la vida humana, incluyendo disposiciones sobre el gobierno y la política, lo cual convierte a la religión en la voz predominante en esos ámbitos.
De igual manera, para los musulmanes radicales, que unos padres aprueben la decisión de su hijo de convertirse en terrorista suicida no significa que esos padres estén desequilibrados o sean inmorales. Más bien es una muestra de que las ideas tienen consecuencias. Las ideas que dieron origen a Occidente se oponen a las que dieron origen a la civilización islámica; deberíamos esperar consecuencias radicalmente distintas. Un vago ecumenismo cultural no estará a la altura del desafío. En el choque de civilizaciones, tenemos que tomar partido.
Debemos desarrollar una cosmovisión cristiana para poder sobrevivir.
Al escribir sobre las diferencias entre las culturas y cosmovisiones de Occidente y del islam, es tentador suponer que la cosmovisión occidental, derivada de la cristiandad, es sinónimo de cosmovisión cristiana. Nada más lejos de la realidad. Los pensadores de la cosmovisión cristiana suelen criticar la cultura y la cosmovisión occidental predominante, secularizada y posmoderna.
El haber abrazado el multiculturalismo, junto con la simultánea denigración de las estructuras y los valores de nuestra propia vida nacional, política y religiosa, nos ha dejado sin las herramientas intelectuales ni la voluntad colectiva para hacerle frente a amenazas como el islam. La voraz cultura comercial que alimenta nuestro consumismo seguirá convirtiéndonos en el enemigo de gente que, al mismo tiempo, se siente usada por nuestro estilo de vida y lo envidia. Y nuestra disposición a tolerar dictadores y violaciones graves de los derechos humanos con tal de mantener el comercio seguirá acosándonos a nivel internacional.
La responsabilidad del cristiano es ser sal y luz tanto para el mundo islámico como para el mundo occidental que, aunque todavía conserva vestigios de su pasado cristiano formativo, sigue degenerando en barbarie. [Nota: basta ver la aceptación generalizada y la defensa vehemente del desmembramiento y la venta de órganos y tejidos de fetos humanos por parte de Planned Parenthood.] Los cristianos deben desarrollar estructuras de pensamiento fundamentadas bíblicamente y usarlas para criticar y transformar la cultura occidental de tal manera que pueda hacerle frente al desafío del islam.
El mal es real.
Después de los atentados del 11 de septiembre, se debatió la moralidad de los ataques en una importante universidad estadounidense. Una profesora comentó que le incomodaba llamar «malvados» a los terroristas. «Después de todo», razonó, «nosotros también hemos pecado». Un estudiante le preguntó a la profesora si los nazis eran malvados. Ella respondió: «Esa es una pregunta difícil».
En Occidente hemos hecho todo lo posible por ir «más allá del bien y del mal». El deconstruccionismo nos anima a creer que no existe el bien ni el mal, solo el poder. La mentalidad terapéutica sostiene que solo existen la salud y la enfermedad. Incluso en la iglesia evitamos usar la palabra «mal», hemos suavizado el significado del pecado y rehuimos llamar a la gente al arrepentimiento.
Para la mayoría de los estadounidenses, los atentados terroristas fueron un acto malvado. El relativismo moral que resultaba tan cómodo el 10 de septiembre quedó al descubierto como una farsa el día 11. El cristianismo tiene una teología del mal que explica sucesos como el 11 de septiembre y ofrece la solución para ellos. Abrirle los ojos a alguien a la realidad del mal es, para el Espíritu Santo, el preludio para abrirle los ojos a la realidad del evangelio.
El cristianismo y el islam no son lo mismo.
El 11 de septiembre hizo que miles de pastores corrieran a buscar entre sus archivos aquellas notas amarillentas de los cursos de misiones mundiales del seminario, donde se explicaba lo que creen los musulmanes. A pesar de las aseveraciones públicas en sentido contrario, el islam y el cristianismo no son lo mismo.
Como señala Timothy George en su libro ¿Es el Padre de Jesús el Dios de Mahoma?, el islam y el cristianismo difieren en su doctrina de Dios (la Trinidad frente a la unidad absoluta), en la encarnación (Jesús como Dios Hijo frente a Jesús como profeta de Alá) y en la salvación (por gracia mediante la fe frente a la obediencia a la ley).
Sobre la salvación, el imán Sa’dullah Khan ha escrito lo siguiente:
Tampoco creen los musulmanes que otra persona pueda morir para expiar los pecados de los seres humanos. La expiación de los pecados proviene del arrepentimiento sincero de las propias faltas, y la salvación consiste en someterse a los mandatos de Alá y hacer buenas obras. El islam no sostiene la idea del pecado original. Por el contrario, cada ser humano nace libre de pecado y es responsable individualmente de los pecados que comete. Por lo tanto, no hubo necesidad de que nadie (incluido Cristo) muriera en la cruz como expiación.
Estas no son diferencias superficiales que puedan pasarse por alto fácilmente en un gesto de buena convivencia y sensibilidad cultural. Como comenta Lawrence Adams, de la Universidad de Virginia y el Center for Christian Study: «Hay muy poca teología en común entre el islam y el cristianismo, con la excepción de Dios como Creador». Esto debemos tenerlo presente al interactuar con el islam.
El islam es más que una religión; también es una ideología política.
La cosmovisión del islam es utópica. Como dijo el imán Sa’dullah Khan, los musulmanes no creen en el pecado original. Timothy George señala que, aunque el Corán y la Biblia coinciden en que hubo una caída del estado original del mundo en el Edén, entienden esa caída de manera distinta. La Biblia enseña que el pecado de Adán fue de rebelión. Sabiendo perfectamente bien lo que era correcto, Adán eligió hacer lo malo. Como resultado, toda la raza de Adán comparte una aversión natural hacia Dios y sus caminos. El pecado siempre es rebelión contra Dios, el Rey cuya autoridad rechazamos.
Por el contrario, escribe George:
El Corán dice que Adán olvidó andar por el camino correcto. El pecado es olvido, descuido, una falta de memoria. Ese olvido de obedecer es el resultado de una debilidad inherente, no de una rebelión activa contra Dios. Es una violación grave del pacto primordial que Dios hizo con los seres humanos, pero no tiene por qué causar ningún daño permanente. En cuanto Adán se arrepiente, como en efecto lo hace, Dios lo perdona de inmediato.
Los cristianos creen que los rebeldes necesitan redención. Los musulmanes creen que los olvidadizos necesitan guía. Ellos piensan que la sociedad no islámica y las religiones no musulmanas corrompen a los seres humanos, quienes, en el entorno adecuado, pueden llevar una buena vida que agrade a Alá. Esa vida buena (sumada al destino, pues ni siquiera los buenos musulmanes tienen garantizado el favor de Alá) es requisito para entrar al Paraíso.
La mejor manera de llevar una vida buena es vivir en una buena sociedad, entendida como aquella gobernada por la sharía, la ley divina islámica. Se trata de un sistema totalizador que controla cada aspecto de la vida cotidiana y que se aplica tanto a las estructuras económicas, políticas y legales de la sociedad como a la vida personal de cada individuo. Es apropiado —hasta se podría decir que es un acto de amor— imponer la sharía sobre una sociedad, en pro del bien temporal y eterno de sus ciudadanos. Esta ideología resulta más evidente en expresiones radicales como los talibanes y el ISIS, pero está presente en todo el islam.
La evangelización cristiana en las cárceles es vital para la seguridad nacional.
Richard Reid, el «terrorista del zapato», y José Padilla, el «terrorista de la bomba sucia», descubrieron el islam radical estando en prisión. Lo mismo les ha ocurrido a miles de personas más.
Las cárceles están llenas de personas resentidas y desencantadas con la sociedad. Como el islam tiene un fuerte componente ideológico, las prisiones de Estados Unidos y de Gran Bretaña son terreno fértil para el islam radical y militante. Musulmanes moderados se han quejado de que los radicales se están apoderando del ministerio islámico en las cárceles, reemplazando la literatura moderada por llamados a la militancia islámica.
Como escribió Chuck Colson en el Wall Street Journal del 24 de junio de 2002:
Esta comprensión [radical] del Corán, mezclada con el resentimiento de los presidiarios, es una combinación letal, y los evangelistas del mal dentro del islam lo saben. Los manuales de entrenamiento de Al Qaeda identifican específicamente a los presos estadounidenses como candidatos para la conversión, porque podrían estar «desencantados con las políticas de su país». Los expertos en terrorismo temen que estos jóvenes reclutas resentidos se conviertan en una nueva ola de terroristas. Como ciudadanos estadounidenses, combinarán el deseo de «venganza» con la capacidad de mezclarse fácilmente en la cultura de este país.
Las autoridades penitenciarias tienen la responsabilidad de proteger tanto a los presos como a la sociedad, y deben tomar medidas para excluir a los imanes radicales de las cárceles. Los cristianos deben ver la evangelización en las prisiones con un renovado sentido de urgencia.
Todavía hay héroes en el mundo.
Las palabras «héroe» y «heroísmo» cayeron en desgracia en la década de 1960. Con frecuencia, profesores y estudiantes universitarios han disfrutado desacreditando a los grandes héroes de la historia.
Entonces, en una hermosa mañana de septiembre, cuatro equipos de terroristas secuestraron aviones de pasajeros y los convirtieron en armas. Hombres y mujeres «comunes y corrientes» entraron en acción, y surgieron los héroes más inesperados, desde nuestro punto de vista.
El profesor de Harvard Peter Gibbon define a los héroes usando tres criterios: logran algo extraordinario, muestran valentía moral (especialmente en la adversidad), y son «grandes almas» que nos elevan mediante un ejemplo noble. «A medida que nos alejamos del 11 de septiembre», dice Gibbon, «entendemos que nuestra sociedad se ha modificado, no revolucionado. Las celebridades siguen entre nosotros, los políticos han vuelto a sus disputas, y persiste el desdén hacia nuestra historia».
Al mismo tiempo, nos fijamos en los héroes, y eso es una señal positiva. Los pequeños cambios en nuestra manera de pensar, con el tiempo, se suman hasta producir un cambio real. Una vida sin héroes es una vida empobrecida, y este nuevo reconocimiento de los héroes y el heroísmo es un paso en la dirección correcta.
Estamos en guerra con el islam militante.
Eliot Cohen escribió en el Wall Street Journal del 20 de noviembre de 2001: «El enemigo en esta guerra no es el ‘terrorismo’… sino el islam militante». De manera similar, Salman Rushdie rebatió, poco después de los atentados, la afirmación tan repetida de que «esto no tiene que ver con el islam», escribiendo en The New York Times: «Por supuesto que esto ‘tiene que ver con el islam’», un islam paranoico «que culpa a los extraños, a los ‘infieles’, de todos los males de las sociedades musulmanas».
Las mismas mentes que envían niños a hoteles en Jerusalén convertidos en artefactos incendiarios para matar a abuelas y abuelos en un Séder no dudarán en hacer lo mismo en una fiesta de cumpleaños o un bar mitzvah en el Holiday Inn del barrio.
Nosotros protestamos que no tenemos nada contra esa gente. Preferiríamos no pelear contra ellos. Sin embargo, permanece el hecho innegable: los defensores del islam radical nos han declarado la guerra. Como se dice que dijo un sobreviviente del Holocausto: «Si alguien te dice que te va a matar, más vale creerle». Nos guste o no, estamos en guerra con un enemigo que quiere matarnos y que debe ser derrotado.
Seguimos llamados a amar a nuestros enemigos.
Roger Scruton, en su libro The West and the Rest, argumenta acertadamente que, sin importar lo que alguien crea sobre la historicidad de Jesús o la veracidad de la teología cristiana, el cristianismo sostiene el perdón como uno de sus valores morales. «Hay que reconocer», escribe, «que la idea del perdón, simbolizada en la cruz, distingue la herencia cristiana de la musulmana». El perdón brota del amor y rompe el ciclo interminable de violencia que estalla a partir de la venganza. Los cristianos estamos llamados a amar y perdonar tal como hemos sido amados y perdonados. Dios nos amó y envió a su Hijo a morir por nosotros cuando todavía éramos sus enemigos. Estamos llamados a tener esa misma actitud.
El amor y el perdón se aplican incluso a la guerra. El propósito de una guerra justa —el único tipo de guerra que un cristiano puede librar— es salvar las vidas de las víctimas inocentes de futuros ataques y traer la paz. Esta es una visión de la guerra desarrollada por cristianos. Darrell Cole, profesor visitante de religión en el College of William and Mary, escribió: «Combatir con justicia… es algo que los cristianos debemos hacer por amor a Dios y al prójimo, y por lo tanto es lo más ‘humano’ que podemos hacer en ciertas circunstancias». Cuando nos golpean a nosotros, se nos manda a poner la otra mejilla, pero cuando golpean a un inocente, jamás debemos poner la otra mejilla del inocente. El amor nos obliga a defender al inocente, incluso si eso requiere recurrir a la fuerza letal.
Al mismo tiempo, la manera en que conducimos la guerra y nos comportamos en la victoria puede reflejar cuidado, preocupación, misericordia y gracia —un amor— hacia nuestros enemigos. Este es el ideal cristiano frente a nuestros adversarios. Jim Tonkowich
Escritos pastorales del equipo de Christchurch Miami — una familia de fe en misión en Kendall, Miami.
Este artículo fue traducido y editado al español por el equipo de Christchurch Miami con ayuda de inteligencia artificial. El contenido original fue redactado por nuestro equipo pastoral. Si encuentras algo que se pueda mejorar, escríbenos.