Es un versículo cortico, pero todo el peso cae en dos palabras: toda y plenitud. No una parte de Dios, no una buena muestra de Dios, sino toda la plenitud de Dios, que quiso habitar en Cristo. No hay nada de Dios guardado en otro lugar, esperando que lo alcances por otra puerta. Si toda la plenitud vive en Él, entonces Jesús no es el comienzo de una respuesta que tú tienes que terminar. Él es la respuesta.
Kent fue directo el domingo: no es Jesús más obras, ni Jesús más la ley, ni Jesús más nada. Citó el resumen que hace Henry Cloud del sermón que todos hemos escuchado alguna vez: Dios es bueno, tú eres malo, esfuérzate más. A Pablo esto le importaba tanto que le paró el carro a Pedro en su propia cara cuando Pedro empezó a meterle reglas otra vez a la gracia. No le añadas nada, dijo Kent. Nada.
Escucha bien lo que esto no está diciendo. No es una licencia para tirarte a vago. Kent lo dijo clarito —esfuérzate más, sé mejor, con toda confianza—, pero entiende bien qué hace y qué no hace tu esfuerzo. No está completando tu salvación. ¿Qué le podrías añadir tú a la cruz? El bautismo, la disciplina, los años buenos, el trabajo duro —todo eso está bien, pero nada de eso compra algo que ya está pagado por completo.
Así que busca eso que has estado añadiéndole calladito a Jesús para sentirte aceptable —el desempeño, la racha de buen comportamiento, el hacerte útil— y suéltalo. No porque esas cosas sean malas, sino porque nunca fueron el precio. La plenitud de Dios ya vive en Cristo, y Cristo ya vive en ti. No te estás ganando la aceptación. Estás viviendo desde ella.
Reflexiona
¿Qué le has estado añadiendo calladito a Jesús para sentirte verdaderamente aceptado por Dios, y qué significaría dejar de hacerlo?
Ora
Jesús, sigo tratando de añadirle algo a lo que tú ya terminaste, como si la cruz necesitara mi ayuda. Perdona todo ese cansancio. Tú eres suficiente —para mi pasado, mi hoy, mi futuro—. Déjame descansar en eso en vez de andar demostrándolo. Amén.